La política, una cuestión de fe

En una famosa escena de La vida de Brian, el protagonista huye por las atestadas calles de Jerusalén mientras profetas iluminados proclaman descacharrantes ideas religiosas que van de lo apocalíptico a lo banal. El imperio romano en el siglo I de nuestra era se había convertido en un mercadillo de creencias y religiones. En un mundo “global”, convulso y sacudido, la religión romana tradicional que había dominado hasta entonces empezaba a perder fuerza, aunque ni vislumbraba el triunfo que cuatro siglos después lograrían los nuevos cristianos. Todavía hoy, no tenemos una respuesta absolutamente certera a la pregunta ¿cómo fue posible que millones de personas se convirtieran a algo tan minoritario como el cristianismo?

Entre las diferentes aproximaciones a esta cuestión, Rodney Stark, en La expansión del cristianismo. Un estudio sociológico, nos ofrece un enfoque en buena medida esclarecedor y que da pie a pensar sobre ciertos fenómenos de masas que vivimos en nuestra época. Stark rebaja la importancia, en todo proceso de conversión, de la carga ideológica y doctrinal del nuevo credo para dar mayor peso al hecho que la nueva religión asumida por uno sea la misma que la que adopta el círculo más cercano. “Para buena parte de los individuos la conversión significaba simplemente ponerse de acuerdo, en lo que al tema religioso se refiere, con sus familiares, amigos y vecinos que ya se habían convertido, creando de esa manera una red autónoma de crecimiento”. Además, explica que los movimientos religiosos incipientes captan la mayoría de sus miembros entre las personas que se declaran descontentas y no profesan religión alguna. “Para muchos individuos privilegiados y ambiciosos, su abandono del paganismo obedeció a razones de oportunismo: muchas personas adoptaron el cristianismo o disimularon su paganismo con el fin de obtener ventajas sociales y políticas”.

Las congregaciones cristianas que se hicieron fuertes en el siglo IV pescaban a sus miembros entre los ciudadanos acomodados. En Quand notre monde est devenu chrétien, Paul Veyne explicó cómo el público principal estaba formado por lo que ahora llamaríamos “intelectuales” con ideas rompedoras, pero con muy pocas ganas de partirse la cara en una revolución en toda regla. Gran parte de los funcionarios se convirtieron para hacer carrera y las poblaciones más pobres se dejaron llevar por una suerte de imitación. Veyne tampoco considera que la nueva ideología y sus promesas de salvación fueran definitorias a la hora de convertirse, sino que primó la obediencia a las oligarquías que siempre detentan el poder y el pragmatismo de una nueva religión con preceptos muy sencillos de cumplir y que abría la puerta a todo tipo de ventajas sociales.

Pablo, el gran arquitecto del cristianismo, supo sacar partido mejor que nadie de ese mercado de creencias y aprovechó las conexiones o “redes sociales” para hacer llegar su producto. Como cuenta Antonio Piñero en su Guía para entender a Pablo de Tarso, éste supo congregar una comunidad fuerte a través del control de las Escrituras, de crear unas verdades intocables y permitir, con el ingreso a su club, que los nuevos miembros encontraran rápida solución a muchos de los problemas económicos y sociales que les afectaban. Y todo eso dirigiéndose a una gran masa de personas indiferentes en materia religiosa. En la Carta a los Tesalonicenses se dice: “el evangelio no llegó a vosotros solo con palabras, sino también con poder, con el Espíritu Santo y con gran plenitud”. En esa plenitud, plerophoría en griego, se detiene Giorgio Agamben, preocupado, entre otras cosas, por cómo se construyen los relatos. El evangelio, la buena nueva, no es simplemente discurso. Esa plenitud que lo acompaña significa la necesidad perentoria de adherirse plenamente a algo, sin que quede ya resquicio por el que ninguna idea contraria pueda colarse. El fanatismo, religioso o ateo, se alimenta de las palabras. Con ellas convence. Pero vence cuando ya no queda nadie con quien disentir.

No se suele pasar de la fe al hábito, sino al revés. Cuando pensamos en la facilidad con la que un grupo humano llega a un punto en el que los valores del grupo rival son tan contrarios que no merece la pena ni discutirlos y solo queda considerar a los oponentes personas de una moral abyecta, poco importa la ideología o religión subyacente. Vivimos en sistemas políticos que nos piden que creamos y no que razonemos, por lo que no sorprende la facilidad con la que están surgiendo y ganando terreno diversos tipos de populismos al mismo tiempo que la batalla de las palabras, cada vez más desprovistas de sentido, y de las ideas complejas, se pierde en todas partes. Isaiah Berlin tenía claro que si no se piensa críticamente sobre las ideas, éstas adquieren una fuerza sin control que aprovechan las multitudes hasta volverse insensibles a cualquier tipo de razonamiento. “Cuando hay acuerdo sobre los fines, los únicos problemas que restan son los referidos a los medios, y estos problemas no son políticos sino técnicos”. Es decir, cuando un grupo tiene claro que tiene una “misión” y que está en posesión de la verdad, la discusión política queda reemplazada por la búsqueda de los medios adecuados para alcanzar ese fin.

En ese abandono de la reflexión profunda en favor del activismo está también presente en la manera en la que se lee el presente y se interpreta el pasado. Para muestra, el reciente libro de Catherine Nixey, La edad de la penumbra. Cómo el cristianismo destruyó el mundo clásico, precisamente una obra que quiere dar respuesta a cómo se logro “la adhesión incondicional a una sola fe verdadera”. En esta obra que sacrifica el rigor en beneficio del reconocimiento mediático, la historiadora del arte y periodista ofrece un visión sesgada, que no atiende a las fuentes de referencia sobre el tema, soslaya las evidencias arqueológicas y elabora un sinfín de dislates (como ejemplo, el romántico relato de la desaparición de la escuela de Atenas) para construir un discurso simplista sobre buenos y malos. Pero mientras el libro recibe una gran acogida mediática y la prensa alaba su labor, la erudición, con muy pocas excepciones, calla. Como si los periodistas no se debieran a la verificación de los datos y la academia creyera que puede seguir subsistiendo sin el deber de arremangarse y bajar a ese lodazal que es para los expertos la actualidad.

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Nanette, Aristóteles y el peso de la comedia

La stand up comedy está contra las cuerdas. La humorista australiana Hannah Gadsby, en un monólogo de algo más de una hora, ha relatado cómo sus chistes, sus bromas y su carrera como humorista le han impedido contar (y contarse) su verdadera historia y su sufrimiento, que van más allá de su orientación sexual o de su autismo: “Cuando salí del armario no tenía ningún chiste. Lo único que sabía hacer era ser invisible y odiarme. Tardé diez años en entender que me estaba permitido ocupar un espacio en el mundo. Pero, para entonces, había encapsulado todo en chistes, como si no fuera gran cosa. Necesito contar bien mi historia. […] Y es algo más grande… que la homosexualidad. Tiene que ver con cómo debatimos en público sobre temas delicados”.

Pirandello distinguió en L’umorismo entre el cómico antiguo, pensando en la comedia griega, y el moderno, el que venía del Romanticismo. El primero no sentía ninguna simpatía por sus personajes ni por su público. Reía sin ninguna compasión. En cambio, el “humorista”, cuando ríe, lo hace desde la comprensión. Gadsby muestra su deseo de formar parte de esta segunda clasificación y entiende la stand-up comedy como plataforma para que la gente puede contar su historia desde su propia perspectiva. Se acabó para ella, dice, el self-deprecating humor con el que sólo consigue ridiculizarse y humillarse. Y se pregunta por qué despreciarse antes de haber contado a la gente la pesada carga que arrastra uno mismo desde hace años. Tal y como afirma en su monólogo, no puede dejar el humor. No sabe hacer otra cosa. Pero sí se plantea sus usos. Nanette juega con la manida estructura de la fórmula de la stand up comedy que se basa en crear tensión para luego aliviarla y deja esa tensión enteramente a su público. La comedia puede (o debería) hablar de todo, incluso de contenido trágico, y hacerlo como le parezca, pero siempre quiere que al final el público se haya divertido. Gasdby rompe el contrato, sin buscar efectismo alguno. Y ese contrato que despedaza es doble: con el género de la comedia y con su audiencia.

Tradicionalmente, la comedia, al contrario que la tragedia, se ha librado de protagonizar análisis sesudos. Sobre los restos de la Poética aristotélica se han elaborado todas las poéticas que han venido después. Pero Aristóteles no llegó a dar largas explicaciones sobre la famosa “catarsis”, entendida como “purificación” o “purga” que experimentaba la audiencia ante la obra teatral, en el texto conservado, por lo que seguramente consagró más tiempo al tema precisamente en el libro que se perdió, el dedicado a la comedia. La catarsis, sin duda, aplicaba tanto a la tragedia como a la comedia. El desahogo de las pasiones. El sentirse aliviado. Pero en el caso de Gadsby, la purificación ha sido más suya que de su público. De ahí la ruptura del contrato con él. Y, de acuerdo con la siguiente frase de Nanette, el camino no ha hecho más que empezar, nuevamente: “Siento informaros, pero nadie saldrá de aquí mejor persona. Nos estamos revolcando en nuestra propia mierda”.

La comedia clásica era, para los griegos, tan importante como la tragedia, pues también tenía un claro valor político, esto es, cívico, como espejo de los temas relevantes de la sociedad, como escenario de las luchas de poder y de la influencia de las personas y grupos y como espectáculo que se dirigía no al individuo, sino a toda la colectividad. Una diferencia crucial de este tipo de comedia con la actual es que su contrato marcaba que, al acabar el estado transitorio que suponían las fiestas en honor a Dioniso, un marco religioso en el que se permitía darle la vuelta a todo, nada de lo que allí se había oído era sancionable. Pero en cuanto desaparece el contexto ritual, la comedia muta, la moral se hace explícita en el texto y entonces hay que explicar al público qué lección debe extraer. Precisamente de eso de sigue nutriendo la llamada sitcom, el otro género cómico por excelencia hoy en día junto al stand up. Llama la atención que uno de los pocos textos antiguos sobre teoría de la comedia que se conservan, el Tratado Coisliniano, asegura que lo cómico procedía de varios recursos que se agrupaban en los relativos a la trama o las “cosas que pasan” (apò tón pragmátōn) y en los que proceden de las palabras, de lo que se dice (apò tês léxeōs). Sitcom y stand up. La primera ya lleva años desfigurándose y alcanzando lo que parece su máximo esplendor y ocaso a la vez. No es de extrañar que la comedia verbal, tan popular también en los últimos tiempos, esté pasando por el mismo proceso.

Gadbsy reclama un lenguaje directo y libre y un humor que invente la forma cada vez que necesite contar algo, sin moldes previos. Por ese motivo, ante la acusación de algunos de haber usado pocos chistes, de no estar haciendo comedia, ella respondió en Twitter: “Mi espectáculo NO es stand up comedy porque eso es una forma de arte diseñada por hombres para hombres”, denunciando el control del discurso, que ella misma ha venido utilizando, y sentenciando que esa forma de humor “autodespreciativa”, válida quizá para los hombres y sus temas, no le sirve a ella como mujer y lesbiana. No está diciendo que haya un tipo de comedia para hombres y otro para mujeres. Está afirmando que, para contar su historia, el marco heredado no le es válido. Si Carlo Padial dice en una de sus actuaciones que su padre le visitaba por las noches y le tocaba, el público asume, sin cuestionarse, que está haciendo un chiste, que no es “verdad” lo que cuenta. Gadsby, cuando habla de las violaciones que ha sufrido, reclama que la tomen en serio y propina un justificado puñetazo en la cara del “hombre blanco heterosexual” que ha marcado y sigue marcando las reglas del juego y que controla cómo se cuentan los discursos que circulan en la sociedad, lo que equivale a garantizar su “buena” reputación por encima de todo. Gadsby incide con contundencia en su profundo cansancio al respecto. Y la palabra que más repite cuando aflora este sentimiento es “humanity”, título precisamente del otro gran monólogo de este año, de naturaleza diferente al de la australiana, con el que Ricky Gervais ha hablado sobre la reputación, los límites del humor y de la comedia cómo género, y de su hartazgo ante cómo se articulan las opiniones sobre las cuestiones que plantea en sus creaciones, un tema no tan alejado de lo expuesto en Nanette.

Werner Herzog afirmó estar cansado de que la gente pensara que los “documentales sólo tienen que contener hechos”. Proponía una nueva “forma de expresión” que le permitiera ir “más allá de la realidad” para acercarse a la verdad, un modo en el cual está permitido inventarse citas y personajes siempre que ese mecanismo permita una mejor comprensión del mundo. Toda narración dominante parece enfrentarse hoy a una fase de redefinición. Los discursos políticos, periodísticos o cinematográficos se baten en lábiles posiciones sobre la verdad, la mentira, la ficción o lo fáctico. Posverdad, noticias falsas, falso documental. Las palabras fallan a la hora de intentar ordenar o recomponer algo que parece estropeado, sin saber bien el qué. A esa lista, hay que añadir ahora la “comedia verbal”.

Matar al padre

La editorial Lucina nos ha obsequiado este año con un libro doblemente póstumo. La última edición crítica de los versos de Parménides a cargo de Agustín García Calvo (1926-2012), en los que trabajó durante décadas, con edición y comentarios de Luís-Andrés Bredlow (1958-2017), es una obra apabullante, como de manera clara y atinada ha explicado Andreu Jaume. Una de las lecciones que nos deja este volumen tiene que ver con la dificultad de comprender el sentido de “es” y de “no es”. El verbo griego éstin (“ser”) se ha traducido con frecuencia por nuestro “existir”, concepto, el de “existencia”, muy diferente para los griegos y para nosotros, cuando las traducciones que habría que alternar son “ser” o “hay”. Insistiendo en la idea de “lo que existe”, desde un punto de vista filosófico tendríamos, por un lado, lo que vemos, oímos, olemos y podemos tocar y, por otro, la ficción, lo que no existe ni puede existir de manera alguna. Pero Parménides no negó la imposibilidad de conocer o nombrar la ficción, de manera que, al situarlo como padre de la razón y fundador de la lógica, algunos filósofos se han permitido, ellos sí, la ficción de suponer que todo lo que vino después, de Platón a hoy, es una superación del pensamiento parmenídeo.

Estos mal llamados filósofos presocráticos – pues ni fueron “filósofos” ni Sócrates marcó un corte tajante en relación a sus supuestos predecesores – jamás permitieron a su público olvidar que sus relatos se elevaban por encima del mundo de la razón, al tiempo que eran conscientes de su completa sujeción a los límites que marca el lenguaje. Parménides de Elea fue un claro ejemplo de ello. Platón, en contra de lo que nos cuenta la historia de la filosofía, no representó una total excepción. En su Sofista, el personaje del Extranjero dice que “hay que poner a prueba” el argumento del “padre Parménides” y forzar a lo que no es, a que lo sea, y a la inversa, ya que, hasta que no se refute o se acepte lo que uno ha dicho será ocioso hablar de discursos y opiniones falsas, tanto como de imágenes, figuras, imitaciones o visiones, así como de las técnicas que se ocupan de estas cosas.

No supongas que soy capaz de cometer una especie de parricidio”, afirma el Extranjero durante el intercambio dialéctico con Teeteto, en una crítica dirigida a la figura del sofista y no tanto al pensamiento parmenídeo. Lo que realmente le interesa en este punto es el estatuto de lo que llamamos verdad y mentira. Como bien supo ver Hannah Arendt, la “noble mentira” de La República platónica nunca fue una incitación a mentir, tal y como nosotros entendemos hoy el concepto. “Son el sofista y el ignorante, más que el embustero, quienes ocupan el pensamiento de Platón, y cuando este distingue entre error y mentira – es decir, entre ψεῦδος [pseudos] involuntario y voluntario –, suele ser mucho más duro con las personas que ‘se revuelcan en la cochina ignorancia’ que con los mentirosos”. Uno de los temas centrales de los diálogos platónicos es la verdad y la falsedad del discurso, la relación entre el ser, el pensar y el decir, algo que ya encontramos en Parménides. Pero Platón no refuta directamente a Parménides, que nació un siglo antes que él, sino una tradición de pensamiento que ya sentó unas bases de cómo había que interpretar al maestro.

Así pues, Platón se encara realmente más con una tradición que con la mismísima figura del “padre”. No hay parricidio alguno en El Sofista, solo la posibilidad, que no es poco. El siglo que medió entre Parménides y Platón fue una distancia manejable, en la que todavía se podían tender ciertos puentes. El medio siglo que separa hoy a toda una generación de figuras como García Calvo o Rafael Sánchez Ferlosio (y elijo deliberadamente a dos gigantes intelectuales que han vivido y vivirán siempre en los márgenes) es un abismo insalvable. Nos gustaría reconocerlos como nuestros “padres”, pero nos abruman, nos ensombrecen e intimidan. Ni siquiera nos queda la opción de intentar el parricidio. La ruptura que sufrimos desde hace ya más de medio siglo con una tradición de más de dos milenios y medio ha propiciado un colapso en el diálogo entre generaciones. El esfuerzo de reflejarnos en nuestros mayores es colosal, mientras se nos intenta vedar mirar hacía las generaciones posteriores. Pues ese diálogo, esa traditio, no pasa ni por asomo por lo que quieren hacer creer los gurús del futuro milenial que sientan cátedra definiendo comportamientos según “generaciones”, dictaminando cómo y en qué piensan “los jóvenes” sin tan siquiera preguntarles, sino que debería cristalizar en que nos digamos unos a otros lo que no queremos oír y cuestionemos nuestras pretendidas certezas. La realidad, seguramente nos diría Parménides, es una, pero el lenguaje, que vive de las oposiciones y los contrarios, nos la presenta dividida. Hoy, más que nunca, el diálogo con los que por edad vinieron detrás de uno es tan vital como que se dé a la inversa. Siempre que se haga desde la claridad y sin ambages, y no desde la ignorancia y el papanatismo, podremos intentar salvar algún tipo de tradición.