Edipo no es hijo de Freud

 

El Romanticismo encontró un chollo en la figura del Edipo Rey de Sófocles, a quien usó como símbolo de la búsqueda del “yo”, de la propia conciencia. Los románticos inventaron una idea de lo “trágico” que sigue perdurando y que entiende la palabra “tragedia” como parte constitutiva de la propia condición del individuo, cuando en realidad es una abstracción que permite repensar la naturaleza de todo grupo humano y reflexionar sobre el temible peso de la incertidumbre que inunda cualquier vida. Edipo no busca la introspección ni desea conocerse a sí mismo, no es hijo de Freud. Lo que realmente le impele a actuar es una fuerza que le sobrepasa, el dios Apolo. Y le preocupa tanto su bienestar como el del pueblo tebano.

La tragedia griega asume que el ser humano se enfrentará en algún momento de su existencia a algo que jamás logrará resolver, aunque ponga en marcha todas sus capacidades. Consciente de que a los dioses les trae al pairo lo que él sepa o deje de saber sobre sí mismo, Edipo paga su culpa no por sus terribles crímenes, sino por creer que su prosperidad durará para siempre. Los últimos versos del Edipo Rey advierten de que nadie puede sentirse afortunado hasta que llegue el último de sus días.

Cuando un autor teatral se enfrenta hoy a Sófocles, todavía sigue pesándole más la concepción que tuvieron los románticos, fuertemente influida por la idea cristiana de redención. Para la mayoría de dramaturgos modernos, el rey de Tebas es un hombre que se enfrenta a su destino, se busca a sí mismo y se emancipa. En este sentido, Oriol Broggi ha presentado este año en los escenarios catalanes una lectura de Edipo eminentemente romántica. De la mano de Wajdi Mouawad y su Les Larmes d’Œdipe, que se basa en el Edipo en Colono y Broggi utiliza en su obra, el personaje de Edipo es para él un inadaptado que busca el por qué de su malestar en el mundo, asume su culpa y logra el autodescubrimiento.

Pero Sófocles nos dice muchas más cosas. Su Edipo Rey escenifica un movimiento descendente, de la devoción y la gloria, a lo más profundo y terrorífico. Los situaciones que plantean las tragedias griegas son problemas que afectan a toda la comunidad. El drama de Edipo no es conocer la verdad, sino haber creído que sería feliz hasta el final de sus días y tomar consciencia de que, si no se hubiera creído tan inteligente, asumiendo que ya nada podía perturbar esa dicha, podría haber evitado el desastre. Lo que nos lleva a otra tragedia monumental del mismo Sófocles. Su Edipo en Colono, que representa el movimiento contrario, en el que el protagonista pasa de ser un asocial a ser un dios protector de Atenas, que lo acoge como a una divinidad. El orden que Edipo ha roto debe restablecerse. Para que esa metamorfosis se complete, tan solo queda ocultar su tumba, a fin que nadie la encuentre. Edipo desaparece para siempre. Pero su fuerza protectora perdura.

Cualquier griego de la época tenía perfectamente asumido que el destino nos tiene preparadas cosas inesperadas. La tragedia griega planteaba situaciones que no se pueden resolver solo con la razón, ya que hay otras fuerzas en juego. Edipo confía plenamente en su inteligencia pero estas fuerzas (llámense como se quiera: destino, los dioses, el azar) lo destruyen. Hoy se suele pensar, bajo el culto a la tecnología y el progreso, que para cada problema existe una solución. Y se intenta a toda costa aferrarse a pretendidas certezas, para alejar cualquier situación o pensamiento que ponga en cuestión el orden del mundo. Ante tales asunciones, el Edipo romántico, el hombre que se busca, se encuentra y se comprende ya no nos sirve de gran ayuda: en una época de egos exacerbados, seguir fijándose en el individualista Edipo romántico es caer en un circuito cerrado. Ahora ya no debería tratarse de mirarse a uno mismo, sino en aceptar, como muestra también la historia de Edipo, que no saber forma parte de nuestra existencia. Y que las consecuencias de muchas de nuestras acciones siempre estarán sujetas a un margen de imprevisibilidad incontrolable.

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La rendición de cuentas como amuleto

La rendición de cuentas es un mecanismo necesario pero inútil. Ninguno de los procedimientos que tenemos a mano permiten, ni han permitido nunca, desde que existe esto que se viene llamando “democracia”, estar completamente a salvo ni de la corrupción ni de la concentración de poder. En la Atenas del V antes de nuestra era, uno de los procedimientos de control político disponibles era la eisangelia, una especie de impeachment por ofensas graves. Dentro de esta categoría entraban la corrupción, la alta traición y el intento de derrocar la democracia. Las habituales corruptelas y sobornos y el miedo a la vuelta a un sistema tiránico eran los principales temores que alentaban la constante supervisión de los altos cargos. Quizá la mayor diferencia con nuestras democracias era que en Atenas el control lo ejercían las leyes y los propios ciudadanos, y no los políticos.

La experiencia de los atenienses con previos gobiernos tiránicos había enseñado que la fe ciega en unos líderes que seguían casi exclusivamente sus propios intereses era una condena que se pagaba muy cara, a menudo con la fractura de la ciudad en dos facciones irreconciliables. A medida que el sistema democrático se afianzaba, se intentaba reforzar con todo tipo de medidas contra la corrupción y el abuso de poder. Pero éstas, en contra de lo que algunos optimistas historiadores de la antigüedad quieren creer, nunca fueron efectivas. Los atenienses comprendieron que la oligarquía dominante campaba con total impunidad, aún con procedimientos como la rendición de cuentas. Y también vieron que dejar carta blanca a la asamblea de ciudadanos para decidir y dirimir estas cuentas provocaba una gran inestabilidad y unos resultados imprevisibles y, a menudo, igual de nefastos. Tras esta experiencia, la democracia se perdió en Grecia. Irrumpió Alejandro Magno y poco después el Imperio Romano, que nunca ha llegado a desaparecer del todo. Hubo que esperar más de mil años hasta que volviera a plantearse en Europa un sistema llamado democrático.

Estados Unidos, que en muchos aspectos, sobre todo en el político, ha sido la nueva Roma, ha mantenido una relación similar con Inglaterra a la que los romanos tuvieron con los griego: una mezcla de complejo de inferioridad cultural y de soberbia imperialista. Nuestro “mundo global” se retrotrae a lo que antes fue Europa, previamente Roma e inicialmente Grecia. Mientras en Inglaterra languidecía hasta su final extinción el procedimiento de impeachment para algunos cargos públicos, los autores de la constitución estadounidense decidieron adoptar esa figura para su estrenada democracia, como si rescataran una herramienta inservible pero que podría servirles de amuleto.

En EEUU, de todos los intentos de impeachment llevados a cabo desde entonces, sólo dos han acabado en imputación: el caso de Andrew Johnson en 1868, acusado de nombrar a su ministro de defensa sin el consentimiento del Senado, que derivó en un teatrillo, y el más reciente de Bill Clinton, que fue hallado culpable de perjurio y obstrucción a la justicia, pero no de abuso de poder. Nixon, por su parte, se libró al dimitir antes de que el proceso concluyera. Las primeras voces pidiendo un impeachment de Donald Trump se alzaron al poco de tomar posesión de la Casa Blanca. El multimillonario Tom Steyer lanzó una campaña para la destitución del actual presidente, “Need to Impeach”, que ha conseguido más de cinco millones de firmas acusando a Trump de empujar a EEUU a la guerra contra Corea del Norte, de obstrucción a la justicia y de corrupción.

¿De qué serviría acusar a Trump de impeachment? Parece que de poco. El presidente estadounidense, que recientemente ha alabado en un cumbre “histórica” el modelo de liderazgo de Kim Jong Un, ve cómo a medida que sus detractores crecen, sus seguidores se blindan y se refuerzan. Al venderse como único portavoz del pueblo y enemigo de los políticos corruptos que se han adueñado del sistema, cualquier procedimiento que provenga de las propias instituciones sólo conseguirá reforzarlo. El impeachment jamás se pensó como algo que permita restituir las cosas ab initio o suponga un “borrón y cuenta nueva”, tan sólo como un válvula de escape. El marco de los delitos que pueden llevar a la destitución de un alto cargo está restringido a las ofensas por traición, soborno y “altos delitos y faltas”. Los políticos pueden acusarse entre sí, pero a través de un procedimiento lastrado por la ambigüedad de sus términos – ¿qué son exactamente esos “delitos y faltas”? – y la ineficiencia e imprevisibilidad de sus resultados.

Desde los griegos, en nuestros sistemas políticos el poder siempre lo ha detentado grandes familias que basan su fuerza en un sistema clientelar. Una oligarquía que tiende casi de manera natural hacía la tiranía, aunque no siempre consiga imponerla. La reforma de Clístenes, que se dice permitió el nacimiento de la democracia, sólo consiguió dificultar la consecución de consensos, pero el poder siguió en las mismas manos. En nuestras democracias, quien pide cuentas a los políticos son los propios políticos. El número de procesos y de condenas de culpabilidad jamás refleja lo que verdaderamente está sucediendo y la sensación de impunidad crece. Al mismo tiempo, aumenta la facilidad con la que los políticos se creen cada vez más intocables, lo que contribuye a fomentar paulatinamente la concentración de poder en sus manos. Si los que deben supervisarlo son otros políticos, la misión está condenada al fracaso. Tampoco está demostrado que si la supervisión proviene de otros grupos (jueces o los propios ciudadanos) el resultado sea más efectivo.

En este sentido, una de las estrategia más insistentes de Trump es el vilipendio de quien sí podría ejercer esa labor de control, una desacreditada prensa que, dicho sea de paso, ni lo vio venir y hasta el final creyó que jamás llegaría a la Casa Blanca. Si se recusa a Trump con el sólo argumento de que no gustan sus decisiones, sus políticas o sus ademanes, se logrará bien poca cosa. Particularmente relevante es el hecho de que Trump haría frente al impeachment con gran parte de la opinión pública a favor (algo que por ejemplo no tuvieron ni Nixon ni Clinton) lo que invita a pensar en cómo reaccionarían sus partidarios ante una eventual destitución y qué escenario dejaría abierto. Pero si se deja que siga con el camino que ha emprendido, cada vez en mayor medida será el mandatario de un estado autoritario. Y sin necesidad de rendir a cuentas a nadie.

El sexo y la traducción

 

Ninguna traducción es para siempre. Como diría Borges, “el concepto de texto definitivo no corresponde sino a la religión o al cansancio”. Además de esa provisionalidad de la versión, durante la labor de trasladar un texto a otra lengua, no se puede evitar ejercer cierta violencia sobre el original. Una vieja polémica interpretativa afirma que hay que decidirse entre acercar el texto al lector o el lector al texto. Entre adaptar y amoldar según la época que se vive o en crear cierto extrañamiento con la obra. Una de las dos traducciones publicadas en lo que llevamos de año de la Odisea al inglés es un claro ejemplo de cómo bascular entre ambos procedimientos sin acabar de decidirse por uno.

Su autora, Emily Wilson, profesora de estudios clásicos, ofrece una particular versión de la influyente obra de Homero, en un lenguaje claro, actual, cuidado y directo. Los primeros compases del poema son una auténtica declaración de intenciones:

Tell me about a complicated man.

Muse, tell me how he wandered and was lost

when he had wrecked the holy town of Troy,

and where he went, and who he met, the pain

he suffered in the storms of sea, and how

he worked to save his life and bring his men

back home. He failed to keep them safe; poor fools,

they ate the Sun God’s cattle, and the god

kept them from home. Now goddess, child of Zeus,

tell the old story for our modern times. (Odyssey, I, 1-10).

El famoso “polítropon” del primer verso aplicado a Odiseo (“hábil”, “astuto”, “sagaz”, “de muchos ardides”), en aras de buscar la sencillez y la rotundidad, lo vierte en un cotidiano “complicated”, lejos, por ejemplo, del hombre “of many turns”, de la reciente traducción de Anthony Verity (Oxford, 2016), o del “ingenious hero” de la versión de 1900 de Samuel Butler. La forma “sacked”, habitual en la mayoría de traducciones precedentes y que traduce el verbo griego “pértho” (“devastar”, “saquear”), la troca por “wrecked”, ruina generalmente aplicada a los naufragios, menos precisa pero más “anglosajona”. Lo cierto es que, a lo largo de toda la obra de Wilson, las formas inglesas derivadas del latín no suelen aparecer y se sustituyen por palabras de raíz germánica. Las “vacas del Sol Hiperión” queda en un “Sun God’s cattle”, evitando, como hará también a lo largo de todo el libro, alusiones o menciones que parece considerar superfluas para la comprensión global de los pasajes.

Pero quizá los versos 9 y 10 sean los que anuncien más marcadamente el devenir de la traducción. El griego tón amóthen ge, Theá, thúgater Diós, eipé kaí emín (“Háblanos de estas cosas, oh diosa hija de Zeus, partiendo de cualquier punto, también a nosotros”) lo torna en “tell the old story for our modern times”, desviando la atención del molesto adverbio amóthen (“desde cualquier sitio o parte, sin importar”) y cargando el kaí con el peso de toda su apuesta. Wilson parece querer decir que este “también a nosotros” (kaí emín) es un “para los hombres y mujeres de hoy”. Y que su tarea como traductora, como mediadora, algo que es también la musa de la épica, es actualizar la obra de Homero a nuestros “tiempos modernos”. En este camino, acabamos ganando tanto como perdemos. Desproveyendo al lector de lo que la traductora cree sobrero, como hará también con gran parte de los epítetos o de los elementos de la dicción formular, nos ofrece una lectura sugerente, intuitiva, pero parcial. Es cierto que el estilo de Homero es rápido, directo y simple, pero siempre envuelto de grandeza. Esa “épica” se diluye en gran parte en esta nueva Odisea.

Wilson, además, quiere sonar con una métrica tradicional y reconocible para el lector anglófono, al mismo tiempo que usa expresiones del inglés moderno. En este sentido, su decisión de trasladar los hexámetros homéricos a pentámetros yámbicos, pero respetando la cantidad de versos del poema original, también es reveladora. Mientras que el hexámetro se mueve en torno a las 15 sílabas, el pentámetro, que a oídos ingleses remite a Chaucer, Shakespeare o Milton, sólo usa 10, lo que obliga a la traductora a prescindir de palabras para conseguir el mismo número de versos que el poema homérico. Y esa elección no es, en modo alguno, arbitraria.

Se ha destacado que estamos ante la primera traducción de la Odisea al inglés llevada a cabo por una mujer. Lo que supone un hecho obviamente relevante, pero irrelevante a la vez, ya que estamos sobre todo ante una sugerente aportación a la historia de la traducciones de Homero, aunque se pueda entender que su sexo, más que una reivindicación, se lea como una desobediencia al silencio que se ha impuesto a la mujer en muchos aspectos y durante todas las épocas que nos preceden.

Precisamente en el primer canto de la Odisea, Telémaco hace callar a su madre Penélope en lo que Mary Beard ha llamado “el primer ejemplo documentado de un hombre diciendo a una mujer que se calle”. Para Beard, las mujeres no son sencillamente “víctimas” de esa herencia, pero es innegable que la sociedad ha aprendido a no percibir a la voz femenina como palabra de autoridad. Totalmente de acuerdo. Sobran los ejemplos que demuestran que la actitud del hijo de Odiseo con su madre, impidiéndole que exprese su opinión en público, sigue repitiéndose hoy en día. La traducción de Wilson, con un toque descarnado y crudo, concentra ese sentir moderno, al tiempo que da prueba de la importancia en la elección de las palabras que quedan dentro y fuera en la nueva versión:

Go in and do your work.

Stick to the loom and distaff. Tell your slaves

to do their chores as well. It is for men

to talk, especially me. I am the master.

Sobre todo si la comparamos, por ejemplo, con la traducción de Ian Johnston (Arlington, 2006) que pretende ser directa y entendible:

Go up to your rooms and keep busy there

with your own work, the spindle and the loom.

Tell your servants to perform their duties.

Talking is a man’s concern, every man’s,

but especially mine, since in this house

I’m the one in charge.

O con la centenaria de Butler:

Go, then, within the house and busy yourself with your daily duties, your loom, your distaff, and the ordering of your servants; for speech is man’s matter, and mine above all others – for it is I who am master here.

La versión de Wilson no sólo evita el habitual “servants” y lo convierte en “slaves”, una posibilidad comprendida en el griego amfípóloisi. También elige no traducir la palabra oikos (“casa”, “habitación”) que aparece dos veces en este pasaje. Son las salas de “la casa” a las que se conmina a entrar a Penélope, como es el poder sobre “la casa” al que se acoge Telémaco. El oikos, pilar fundamental de la organización social griega y donde la mujer estaba consagrada casi exclusivamente a su misión procreadora, desparece de la traducción. Una vez más, Wilson se aleja del original para sonar más cercana y contundente. Como sucede también en el episodio del encuentro de Nausicaa con un Odiseo que, llegado a la isla de los feacios, se cubre sus “vergüenzas” y se acerca a la joven princesa. Wilson da paso al encuentro de la siguiente manera:

The girl might be alarmed at being touched.

His words were calculated flattery.

My lady, please! Are you divine or human?”

Las palabras “melosas y astutas” del original, se convierten en “deliberada adulación”, en un intento de remarcar la relación de poder en esta escena entre el hombre y la “chica”, apoyándose en el hecho de que Odiseo acaba de alabar en su discurso la importancia de la concordia en el matrimonio, ante una adolescente, a la que no dice que está casado, y a la que necesita para salir de la isla. “Leo el gran poema de Homero como una compleja y veraz articulación de dinámicas de género que continúan acechándonos. La Odisea delinea profundos miedos masculinos del poder femenino, y muestra el terrible daño causado a las mujeres, y tal vez también a los hombres, por las estructuras sociales androcéntricas que nos mantienen en silencio y constreñidas”, afirmaba Wilson en el New Yorker.

¿Importa el sexo de quien traduce? La cuestión de género no es irrelevante, menos hoy. De las más de 50 traducciones que existen de la Odisea al inglés (una docena de ellas publicadas en este siglo), sólo una es de una mujer. No se trata de un hecho anecdótico, pero tampoco debería ser el foco principal de análisis, y menos cuando se desvía la atención de lo principal: Wilson ha explicado cómo han asumido quienes la han entrevistado que ella, sólo por ser mujer, “se identifica más con los personajes femeninos” o que en la Odisea aparecen modelos de “mujeres empoderadas” que ella retrata hábilmente en su traducción. La voz de Wilson es diferente. Quizá no convenza a algunos helenistas, ya sean hombres o mujeres. Pero, como toda traducción que cumple su función, es un puente tendido y un espejo puesto ante nosotros. Algo provisional.