Cautelas cósmicas

cosmos

 

Como si de un hecho milagroso se tratara – así, como “milagro” ha sido descrito innumerables veces – los griegos pasaron de una concepción mítica del universo a una concepción científica basada en los datos y la razón. El consabido mantra “del mito al logos”. El relato de este enorme salto cuenta que éste se produjo con alguna oposición, pues siempre hubo quienes se aferraron a las viejas costumbres, aunque no lograron detener el imparable avance de la racionalidad. Una revolución “cosmológica” que sentó la bases de la ciencia moderna y de cómo hoy explicamos el universo. Platón, en su afán de mezclar metafísica y ciencia, fue el gran culpable de demorar el triunfo de la razón sobre el mito. A grandes rasgos, así se sigue contando hoy esta historia. Si no, aquí un ejemplo reciente publicado en Jot Down con el título El cosmos pertenece a los griegos I y II. Si uno no es un positivista convencido – si algún sentido tiene esta perífrasis hoy en día – no está de más tener en cuenta que la expresión “del mito al logos“, aunque refleje un proceso que realmente se dio en un determinado momento de la sociedad griega, es en parte falsa y muy matizable. Antes de contar la historia de los griegos como campeones de la racionalidad, hay que tomar ciertas precauciones.

Los griegos no estaban solos

De los llamados filósofos presocráticos sólo conservamos escasos fragmentos que son poco fiables, ya que la mayoría se nos han transmitido por vía indirecta y con muchos siglos de diferencia. Eso es algo que siempre se debe tener presente, pues valorar las fuentes y sus intereses (quién dice qué y cuándo) permite atribuir a cada fragmento un mayor o menor grado de fiabilidad. Sí así se hace, la ordenada secuencia con la que se suele relatar la llegada de la racionalidad se resiente considerablemente. Y si no que se lo pregunten a Empédocles, que oscila entre la paternidad de la “teoría de los cuatro elementos” y la magia y la nigromancia. Además, cuando se habla grosso modo de pensamiento científico, la singularidad de los griegos respecto a otras culturas (mesopotámica, egipcia…) no siempre es tanta como se tiende a subrayar. Los puntos de contacto con Asia menor fueron muchos y elocuentes. El mismo teorema de Pitágoras tan citado tiene más números de ser babilónico que griego. Y, por otro lado, no se debe dejar de lado el hecho de que sociedades más alejadas como la india o la china también desarrollaron sus mecanismos “científicos” para mirar de dar respuesta al origen del mundo. Si bien los métodos que usaron y los conceptos con los que operaron fueron diferentes a los griegos, también encontraron su manera, distinta, de dar respuesta a los mismos interrogantes.

El mito hace nacer al logos

Por mucho que se diera el paso del “mito al logos”, no podemos hablar propiamente de que existiera algo parecido en los griegos a lo que nosotros entendemos por método científico. El gran paso hacia la “ciencia” no radicó tanto en desechar el mito y centrarse en la indagación y la observación como en el hecho de proponer una nueva vía donde, aunque no se produjera un progreso científico evidente, las sentencias dejan de ser absolutas y pasan ser refutables. Estamos más bien ante una nueva retórica y no tanto ante una nueva forma de conocimiento.

Es una obviedad que Mito y logos son dos tipos de discurso diferentes, pero no hay que desdeñar sus similitudes. Hasta que Aristóteles no apostó por un sólo mecanismo para dar cuenta de la realidad, el de la investigación, los griegos tuvieron que volver una y otra vez al mito. Las cosmologías de los filósofos partían y completaban los mitos sobre el origen del mundo respondiendo a la pregunta ¿cómo pudo constituirse un mundo ordenado a partir del caos? Y para dar respuesta a esta cuestión fundamental, mito y lógica recurrieron a conceptos similares. Un ejemplo es el de los elementos de los filósofos jonios (agua, tierra, éter, fuego), que escondían tras de sí antiguos dioses. Y si comparamos la filosofía de Anaximandro y las explicaciones de Hesíodo, las estructuras son muy parecidas. También a la hora de interpretar el léxico empleado por los antiguos filósofos hay que andarse con ojo. El sentido de algunas palabras en Empédocles, Parménides o Heráclito no es el mismo que en la época en la que se comentan sus textos, siglos después. “Cosmos” no significaba al principio “mundo”, tal y como lo trasladaron los romanos. “Cosmos” es “orden” u “ordenamiento”, y así es como uno tiende a traducir esta palabra en sus primeras apariciones. Sólo con el tiempo “cosmos”, que se aplicaba al orden natural y al social, acaba significando algo parecido a nuestro “mundo”.

La imagen de lo irracional dando paso a lo racional sin solución de continuidad es incompleta. Ningún mito fue completamente irracional así como ningún intento científico quedó libre, antes de Aristóteles, de su parte mítica. Los mitos se explicaban siempre con un propósito, ya fuera contar por qué las cosas son así o por qué existen ciertos tipos de conductas. El mito siempre tuvo su lógica, aunque ésta fuera totalmente incompatible con el método científico. Pero mito y logos son incompatibles precisamente porqué dan respuesta a la misma cuestión: cómo se ordena el mundo. Y la gran diferencia fue que, mientras el logos trató de explicar cómo es el mundo, el mito tan sólo lo justificaba. El cambio fue crucial y todavía hoy marca el desarrollo científico. Pero aún así, la historia no fue del todo como suele contarse. Por eso no está de más tomar ciertas cautelas antes de explicarla.

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