Grecia, olvidar recordando

 

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EFE

 

La idea de Grecia se ha construido a lo largo de tres milenios. Algunos momentos del pasado, repensados a la luz del presente, ayudan a comprender algunas particularidades del mundo heleno. Uno de esos episodios tuvo lugar entre los siglos VII y VI antes de nuestra era. Entonces, pequeños campesinos se endeudaron e hipotecaron sus tierras. Al no poder hacer frente a la deuda contraída con los aristócratas, perdieron sus posesiones y algunos incluso acabaron convertidos en esclavos.

Para solucionarlo, el legislador Solón decreta la llamada σεισάχθεια (seisakhtheia), una medida con la que elimina las hipotecas y libera a quienes han sido esclavizados por no pagar sus créditos. Cuando irrumpe Solón, un personaje entre el mito y la historia, Atenas se encuentra al borde del precipicio, sacudida por una gran crisis económica y social. Solón aparece para suavizar algunas leyes de uno de sus antecesores, Dracón, y para cimentar el proceso que terminaría en un nuevo modelo de organización política. Con su reforma eliminó las deudas pero no resolvió el problema del reparto de la tierra y todos quedaron decepcionados con la medida: los ricos porque vieron como perdían el control sobre los campesinos y los más pobres porque no obtuvieron una solución a medio plazo.

Este episodio pone de manifiesto cómo la ciudad griega arcaica estaba en continuo estado de conflicto interno, lo que los griegos antiguos llamaban στάσις (stasis), que podía ir desde una pequeña disensión interna hasta una guerra civil. Solón, al no cortar la raíz de la crisis, dejó que la stasis siguiera viva. Seisakhtheia, el nombre de la medida, significa literalmente “sacarse un peso de encima”. Un momentáneo alivio, un respiro como el que debieron pretender que sintieran algunos ciudadanos griegos cuando su Parlamento aprobó en junio de 2013 una ley que facilitaba el pago de las hipotecas. La oposición criticó una resolución que consideró “draconiana”, por Dracón, el legislador anterior a Solón, y que beneficiaba, en realidad, sólo a unos pocos.

De lo económico a lo político

En el 403 a.n.e. los demócratas atenienses han vencido a la breve pero sangrienta tiranía de los llamados “treinta”. Anuncian una amnistía por la cual los vencedores se alían con sus antiguos adversarios y establecen el solemne juramento de “no recordar las desgracias” del pasado. En su atrevido ensayo La ciudad dividida, Nicole Loraux explicaba cómo la stasis griega representa la organización del conflicto en política y que ese conflicto es la base de lo que llamamos “Estado”. La Atenas del 403 quería acabar con el recuerdo de la desgarradora división que en ella se había producido entre demócratas y oligarcas. Pero no quería que supusiera un olvido que pudiera dar pie una revolución sino establecer una amnistía inscrita en la tradición. Una especie de recuerdo institucionalizado.

Ya hemos visto que Solón tampoco quiso llevar a cabo ningún cambio radical. En la invención de lo “político” en Atenas encontramos una aceptación y organización del conflicto a través de diversos mecanismos. Y vemos cómo los nuevos vínculos entre los ciudadanos se establecen a partir de la relación con conflictos antiguos. Quizá por ese motivo, algunas alianzas como la de Syriza y Anel no son tan extrañas como parecen, tal y como se explicaba recientemente en Ctxt. El 25 de enero de 2015, entre las primeras palabras de un Tsipras ganador de las elecciones, emerge una frase, quizá de la necesidad de articular ese díptico entre olvido y memoria: Η Ελλάδα γυρίζει σελίδα “Grecia pasa página”. ¿Realmente era así? En ese mismo discurso Tsipras advierte de que su gobierno demostrará a las “Casandras” del mundo, aquellos que auguran catastróficas consecuencias para Grecia y el euro, que están equivocadas. El caso es que Casandra, figura de la mitología griega, nunca se equivocaba. ¿Un olvido del primer ministro sobre su propia tradición?

Cultura

Las tropas bizantinas fueron derrotadas por los árabes en Alejandría en el 641 de nuestra era. Amr ibn al-As comandaba el ejercito musulmán que entró victorioso en la ciudad. Un autor del siglo XIII cuenta que el general árabe, persona culta, tras escuchar de un teólogo de la ciudad, Juan Filópono, la defensa de su legado cultural, albergó dudas y preguntó por carta al califa Omar qué debía hacer con la biblioteca de Alejandría. “Si el contenido de estos libros”, respondió el califa, “es acorde con el Corán, no nos hacen ninguna falta. Si, al contrario, contienen alguna desviación respecto al Corán, no tenemos ninguna necesidad de conservarlos. Procede y destrúyelos”. Los griegos perdieron Egipto para siempre y también su famosa biblioteca de la antigüedad.

Aunque la historia de la quema de los libros tiene visos de no ser del todo cierta, gracias a relatos como este los griegos han construido su ideal de nación trimilenaria, un pueblo cuna de la civilización occidental y obligado a ser garante de la cultura europea. Pero en sus desgracias, siempre se han sentido solos. Como muchos se sienten hoy en Grecia ante las medidas de la troika. La historia del imperio bizantino es un claro ejemplo de este abandono. En el siglo XIII, los cruzados cristianos mandaron sus ejércitos a Constantinopla contra sus hermanos ortodoxos, con el único fin del saqueo. Siglos más tarde, cuando Mehmet II conquistó Bizancio en el 1453, los europeos no acudieron al rescate de la ciudad y dejaron a los griegos a su suerte, una vez más. Y no sería la última.

Sociedad, religión, lengua

La religión siempre ha tenido un papel preponderante en el mundo griego. En 1901 tuvieron lugar en Grecia los llamados “Sucesos de los evangelios”. El periódico La Acrópolis publicó una versión del Evangelio de Mateo en el griego que hablaba y entendía la gente, y no en la lengua “pura” de la alta cultura helénica. Los estudiantes y profesores de teología se revelaron ante esa sacrílega traducción. La prensa atacó a Aléxandros Palis, el traductor, y se desataron grandes disturbios que acabaron de manera sangrienta, con la dimisión de gran parte del Gobierno heleno y con la prohibición de trasladar la biblia al griego del pueblo.

No fue hasta más de 20 años después cuando se puso fin a ese veto. El espinoso tema de llevar al griego moderno la Biblia parte de la época bizantina, en la que siempre se veneró el texto derivado de la Septuaginta y se tomó también como referencia el griego de la koiné con el que se fijaron los evangelios. La jerarquía ortodoxa no quiso jamás actualizar unas escrituras que consideraban prácticamente palabra de Dios. Pero el problema no era exclusivamente religioso. “Traicionar” la lengua de las escrituras era también atacar una tradición que definía y había definido la esencia de lo heleno en su lucha contra los turcos: su lengua esencialmente igual desde Homero hasta la actualidad. Y así fue como en el nacimiento del moderno estado griego se fijó el cristianismo ortodoxo como uno de sus principales elementos identitarios, imbricando lengua, religión y sociedad.

Desde hace muy pocos años existen algunas versiones de la biblia comprensibles para todos los griegos. Eso sí, la Constitución griega de 1975, reformada en 2008, reza en su artículo tercero: “el texto de las Sagradas Escrituras es inalterable, y queda prohibida su traducción oficial en otra forma de lenguaje sin previo consentimiento de la Iglesia autocéfala de Constantinopla”. Las relaciones del gobierno de Tsipras con la ortodoxia cristiana hasta ahora han sido cordiales. Por detrás del Estado, el mayor terrateniente en Grecia sigue siendo la iglesia. Siglos de historia no se borran de un plumazo. Por el momento, unos y otros siguen condenados a entenderse. A no olvidar.

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