El sexo y la traducción

 

Ninguna traducción es para siempre. Como diría Borges, “el concepto de texto definitivo no corresponde sino a la religión o al cansancio”. Además de esa provisionalidad de la versión, durante la labor de trasladar un texto a otra lengua, no se puede evitar ejercer cierta violencia sobre el original. Una vieja polémica interpretativa afirma que hay que decidirse entre acercar el texto al lector o el lector al texto. Entre adaptar y amoldar según la época que se vive o en crear cierto extrañamiento con la obra. Una de las dos traducciones publicadas en lo que llevamos de año de la Odisea al inglés es un claro ejemplo de cómo bascular entre ambos procedimientos sin acabar de decidirse por uno.

Su autora, Emily Wilson, profesora de estudios clásicos, ofrece una particular versión de la influyente obra de Homero, en un lenguaje claro, actual, cuidado y directo. Los primeros compases del poema son una auténtica declaración de intenciones:

Tell me about a complicated man.

Muse, tell me how he wandered and was lost

when he had wrecked the holy town of Troy,

and where he went, and who he met, the pain

he suffered in the storms of sea, and how

he worked to save his life and bring his men

back home. He failed to keep them safe; poor fools,

they ate the Sun God’s cattle, and the god

kept them from home. Now goddess, child of Zeus,

tell the old story for our modern times. (Odyssey, I, 1-10).

El famoso “polítropon” del primer verso aplicado a Odiseo (“hábil”, “astuto”, “sagaz”, “de muchos ardides”), en aras de buscar la sencillez y la rotundidad, lo vierte en un cotidiano “complicated”, lejos, por ejemplo, del hombre “of many turns”, de la reciente traducción de Anthony Verity (Oxford, 2016), o del “ingenious hero” de la versión de 1900 de Samuel Butler. La forma “sacked”, habitual en la mayoría de traducciones precedentes y que traduce el verbo griego “pértho” (“devastar”, “saquear”), la troca por “wrecked”, ruina generalmente aplicada a los naufragios, menos precisa pero más “anglosajona”. Lo cierto es que, a lo largo de toda la obra de Wilson, las formas inglesas derivadas del latín no suelen aparecer y se sustituyen por palabras de raíz germánica. Las “vacas del Sol Hiperión” queda en un “Sun God’s cattle”, evitando, como hará también a lo largo de todo el libro, alusiones o menciones que parece considerar superfluas para la comprensión global de los pasajes.

Pero quizá los versos 9 y 10 sean los que anuncien más marcadamente el devenir de la traducción. El griego tón amóthen ge, Theá, thúgater Diós, eipé kaí emín (“Háblanos de estas cosas, oh diosa hija de Zeus, partiendo de cualquier punto, también a nosotros”) lo torna en “tell the old story for our modern times”, desviando la atención del molesto adverbio amóthen (“desde cualquier sitio o parte, sin importar”) y cargando el kaí con el peso de toda su apuesta. Wilson parece querer decir que este “también a nosotros” (kaí emín) es un “para los hombres y mujeres de hoy”. Y que su tarea como traductora, como mediadora, algo que es también la musa de la épica, es actualizar la obra de Homero a nuestros “tiempos modernos”. En este camino, acabamos ganando tanto como perdemos. Desproveyendo al lector de lo que la traductora cree sobrero, como hará también con gran parte de los epítetos o de los elementos de la dicción formular, nos ofrece una lectura sugerente, intuitiva, pero parcial. Es cierto que el estilo de Homero es rápido, directo y simple, pero siempre envuelto de grandeza. Esa “épica” se diluye en gran parte en esta nueva Odisea.

Wilson, además, quiere sonar con una métrica tradicional y reconocible para el lector anglófono, al mismo tiempo que usa expresiones del inglés moderno. En este sentido, su decisión de trasladar los hexámetros homéricos a pentámetros yámbicos, pero respetando la cantidad de versos del poema original, también es reveladora. Mientras que el hexámetro se mueve en torno a las 15 sílabas, el pentámetro, que a oídos ingleses remite a Chaucer, Shakespeare o Milton, sólo usa 10, lo que obliga a la traductora a prescindir de palabras para conseguir el mismo número de versos que el poema homérico. Y esa elección no es, en modo alguno, arbitraria.

Se ha destacado que estamos ante la primera traducción de la Odisea al inglés llevada a cabo por una mujer. Lo que supone un hecho obviamente relevante, pero irrelevante a la vez, ya que estamos sobre todo ante una sugerente aportación a la historia de la traducciones de Homero, aunque se pueda entender que su sexo, más que una reivindicación, se lea como una desobediencia al silencio que se ha impuesto a la mujer en muchos aspectos y durante todas las épocas que nos preceden.

Precisamente en el primer canto de la Odisea, Telémaco hace callar a su madre Penélope en lo que Mary Beard ha llamado “el primer ejemplo documentado de un hombre diciendo a una mujer que se calle”. Para Beard, las mujeres no son sencillamente “víctimas” de esa herencia, pero es innegable que la sociedad ha aprendido a no percibir a la voz femenina como palabra de autoridad. Totalmente de acuerdo. Sobran los ejemplos que demuestran que la actitud del hijo de Odiseo con su madre, impidiéndole que exprese su opinión en público, sigue repitiéndose hoy en día. La traducción de Wilson, con un toque descarnado y crudo, concentra ese sentir moderno, al tiempo que da prueba de la importancia en la elección de las palabras que quedan dentro y fuera en la nueva versión:

Go in and do your work.

Stick to the loom and distaff. Tell your slaves

to do their chores as well. It is for men

to talk, especially me. I am the master.

Sobre todo si la comparamos, por ejemplo, con la traducción de Ian Johnston (Arlington, 2006) que pretende ser directa y entendible:

Go up to your rooms and keep busy there

with your own work, the spindle and the loom.

Tell your servants to perform their duties.

Talking is a man’s concern, every man’s,

but especially mine, since in this house

I’m the one in charge.

O con la centenaria de Butler:

Go, then, within the house and busy yourself with your daily duties, your loom, your distaff, and the ordering of your servants; for speech is man’s matter, and mine above all others – for it is I who am master here.

La versión de Wilson no sólo evita el habitual “servants” y lo convierte en “slaves”, una posibilidad comprendida en el griego amfípóloisi. También elige no traducir la palabra oikos (“casa”, “habitación”) que aparece dos veces en este pasaje. Son las salas de “la casa” a las que se conmina a entrar a Penélope, como es el poder sobre “la casa” al que se acoge Telémaco. El oikos, pilar fundamental de la organización social griega y donde la mujer estaba consagrada casi exclusivamente a su misión procreadora, desparece de la traducción. Una vez más, Wilson se aleja del original para sonar más cercana y contundente. Como sucede también en el episodio del encuentro de Nausicaa con un Odiseo que, llegado a la isla de los feacios, se cubre sus “vergüenzas” y se acerca a la joven princesa. Wilson da paso al encuentro de la siguiente manera:

The girl might be alarmed at being touched.

His words were calculated flattery.

My lady, please! Are you divine or human?”

Las palabras “melosas y astutas” del original, se convierten en “deliberada adulación”, en un intento de remarcar la relación de poder en esta escena entre el hombre y la “chica”, apoyándose en el hecho de que Odiseo acaba de alabar en su discurso la importancia de la concordia en el matrimonio, ante una adolescente, a la que no dice que está casado, y a la que necesita para salir de la isla. “Leo el gran poema de Homero como una compleja y veraz articulación de dinámicas de género que continúan acechándonos. La Odisea delinea profundos miedos masculinos del poder femenino, y muestra el terrible daño causado a las mujeres, y tal vez también a los hombres, por las estructuras sociales androcéntricas que nos mantienen en silencio y constreñidas”, afirmaba Wilson en el New Yorker.

¿Importa el sexo de quien traduce? La cuestión de género no es irrelevante, menos hoy. De las más de 50 traducciones que existen de la Odisea al inglés (una docena de ellas publicadas en este siglo), sólo una es de una mujer. No se trata de un hecho anecdótico, pero tampoco debería ser el foco principal de análisis, y menos cuando se desvía la atención de lo principal: Wilson ha explicado cómo han asumido quienes la han entrevistado que ella, sólo por ser mujer, “se identifica más con los personajes femeninos” o que en la Odisea aparecen modelos de “mujeres empoderadas” que ella retrata hábilmente en su traducción. La voz de Wilson es diferente. Quizá no convenza a algunos helenistas, ya sean hombres o mujeres. Pero, como toda traducción que cumple su función, es un puente tendido y un espejo puesto ante nosotros. Algo provisional.

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