La rendición de cuentas como amuleto

La rendición de cuentas es un mecanismo necesario pero inútil. Ninguno de los procedimientos que tenemos a mano permiten, ni han permitido nunca, desde que existe esto que se viene llamando “democracia”, estar completamente a salvo ni de la corrupción ni de la concentración de poder. En la Atenas del V antes de nuestra era, uno de los procedimientos de control político disponibles era la eisangelia, una especie de impeachment por ofensas graves. Dentro de esta categoría entraban la corrupción, la alta traición y el intento de derrocar la democracia. Las habituales corruptelas y sobornos y el miedo a la vuelta a un sistema tiránico eran los principales temores que alentaban la constante supervisión de los altos cargos. Quizá la mayor diferencia con nuestras democracias era que en Atenas el control lo ejercían las leyes y los propios ciudadanos, y no los políticos.

La experiencia de los atenienses con previos gobiernos tiránicos había enseñado que la fe ciega en unos líderes que seguían casi exclusivamente sus propios intereses era una condena que se pagaba muy cara, a menudo con la fractura de la ciudad en dos facciones irreconciliables. A medida que el sistema democrático se afianzaba, se intentaba reforzar con todo tipo de medidas contra la corrupción y el abuso de poder. Pero éstas, en contra de lo que algunos optimistas historiadores de la antigüedad quieren creer, nunca fueron efectivas. Los atenienses comprendieron que la oligarquía dominante campaba con total impunidad, aún con procedimientos como la rendición de cuentas. Y también vieron que dejar carta blanca a la asamblea de ciudadanos para decidir y dirimir estas cuentas provocaba una gran inestabilidad y unos resultados imprevisibles y, a menudo, igual de nefastos. Tras esta experiencia, la democracia se perdió en Grecia. Irrumpió Alejandro Magno y poco después el Imperio Romano, que nunca ha llegado a desaparecer del todo. Hubo que esperar más de mil años hasta que volviera a plantearse en Europa un sistema llamado democrático.

Estados Unidos, que en muchos aspectos, sobre todo en el político, ha sido la nueva Roma, ha mantenido una relación similar con Inglaterra a la que los romanos tuvieron con los griego: una mezcla de complejo de inferioridad cultural y de soberbia imperialista. Nuestro “mundo global” se retrotrae a lo que antes fue Europa, previamente Roma e inicialmente Grecia. Mientras en Inglaterra languidecía hasta su final extinción el procedimiento de impeachment para algunos cargos públicos, los autores de la constitución estadounidense decidieron adoptar esa figura para su estrenada democracia, como si rescataran una herramienta inservible pero que podría servirles de amuleto.

En EEUU, de todos los intentos de impeachment llevados a cabo desde entonces, sólo dos han acabado en imputación: el caso de Andrew Johnson en 1868, acusado de nombrar a su ministro de defensa sin el consentimiento del Senado, que derivó en un teatrillo, y el más reciente de Bill Clinton, que fue hallado culpable de perjurio y obstrucción a la justicia, pero no de abuso de poder. Nixon, por su parte, se libró al dimitir antes de que el proceso concluyera. Las primeras voces pidiendo un impeachment de Donald Trump se alzaron al poco de tomar posesión de la Casa Blanca. El multimillonario Tom Steyer lanzó una campaña para la destitución del actual presidente, “Need to Impeach”, que ha conseguido más de cinco millones de firmas acusando a Trump de empujar a EEUU a la guerra contra Corea del Norte, de obstrucción a la justicia y de corrupción.

¿De qué serviría acusar a Trump de impeachment? Parece que de poco. El presidente estadounidense, que recientemente ha alabado en un cumbre “histórica” el modelo de liderazgo de Kim Jong Un, ve cómo a medida que sus detractores crecen, sus seguidores se blindan y se refuerzan. Al venderse como único portavoz del pueblo y enemigo de los políticos corruptos que se han adueñado del sistema, cualquier procedimiento que provenga de las propias instituciones sólo conseguirá reforzarlo. El impeachment jamás se pensó como algo que permita restituir las cosas ab initio o suponga un “borrón y cuenta nueva”, tan sólo como un válvula de escape. El marco de los delitos que pueden llevar a la destitución de un alto cargo está restringido a las ofensas por traición, soborno y “altos delitos y faltas”. Los políticos pueden acusarse entre sí, pero a través de un procedimiento lastrado por la ambigüedad de sus términos – ¿qué son exactamente esos “delitos y faltas”? – y la ineficiencia e imprevisibilidad de sus resultados.

Desde los griegos, en nuestros sistemas políticos el poder siempre lo ha detentado grandes familias que basan su fuerza en un sistema clientelar. Una oligarquía que tiende casi de manera natural hacía la tiranía, aunque no siempre consiga imponerla. La reforma de Clístenes, que se dice permitió el nacimiento de la democracia, sólo consiguió dificultar la consecución de consensos, pero el poder siguió en las mismas manos. En nuestras democracias, quien pide cuentas a los políticos son los propios políticos. El número de procesos y de condenas de culpabilidad jamás refleja lo que verdaderamente está sucediendo y la sensación de impunidad crece. Al mismo tiempo, aumenta la facilidad con la que los políticos se creen cada vez más intocables, lo que contribuye a fomentar paulatinamente la concentración de poder en sus manos. Si los que deben supervisarlo son otros políticos, la misión está condenada al fracaso. Tampoco está demostrado que si la supervisión proviene de otros grupos (jueces o los propios ciudadanos) el resultado sea más efectivo.

En este sentido, una de las estrategia más insistentes de Trump es el vilipendio de quien sí podría ejercer esa labor de control, una desacreditada prensa que, dicho sea de paso, ni lo vio venir y hasta el final creyó que jamás llegaría a la Casa Blanca. Si se recusa a Trump con el sólo argumento de que no gustan sus decisiones, sus políticas o sus ademanes, se logrará bien poca cosa. Particularmente relevante es el hecho de que Trump haría frente al impeachment con gran parte de la opinión pública a favor (algo que por ejemplo no tuvieron ni Nixon ni Clinton) lo que invita a pensar en cómo reaccionarían sus partidarios ante una eventual destitución y qué escenario dejaría abierto. Pero si se deja que siga con el camino que ha emprendido, cada vez en mayor medida será el mandatario de un estado autoritario. Y sin necesidad de rendir a cuentas a nadie.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s