Matar al padre

La editorial Lucina nos ha obsequiado este año con un libro doblemente póstumo. La última edición crítica de los versos de Parménides a cargo de Agustín García Calvo (1926-2012), en los que trabajó durante décadas, con edición y comentarios de Luís-Andrés Bredlow (1958-2017), es una obra apabullante, como de manera clara y atinada ha explicado Andreu Jaume. Una de las lecciones que nos deja este volumen tiene que ver con la dificultad de comprender el sentido de “es” y de “no es”. El verbo griego éstin (“ser”) se ha traducido con frecuencia por nuestro “existir”, concepto, el de “existencia”, muy diferente para los griegos y para nosotros, cuando las traducciones que habría que alternar son “ser” o “hay”. Insistiendo en la idea de “lo que existe”, desde un punto de vista filosófico tendríamos, por un lado, lo que vemos, oímos, olemos y podemos tocar y, por otro, la ficción, lo que no existe ni puede existir de manera alguna. Pero Parménides no negó la imposibilidad de conocer o nombrar la ficción, de manera que, al situarlo como padre de la razón y fundador de la lógica, algunos filósofos se han permitido, ellos sí, la ficción de suponer que todo lo que vino después, de Platón a hoy, es una superación del pensamiento parmenídeo.

Estos mal llamados filósofos presocráticos – pues ni fueron “filósofos” ni Sócrates marcó un corte tajante en relación a sus supuestos predecesores – jamás permitieron a su público olvidar que sus relatos se elevaban por encima del mundo de la razón, al tiempo que eran conscientes de su completa sujeción a los límites que marca el lenguaje. Parménides de Elea fue un claro ejemplo de ello. Platón, en contra de lo que nos cuenta la historia de la filosofía, no representó una total excepción. En su Sofista, el personaje del Extranjero dice que “hay que poner a prueba” el argumento del “padre Parménides” y forzar a lo que no es, a que lo sea, y a la inversa, ya que, hasta que no se refute o se acepte lo que uno ha dicho será ocioso hablar de discursos y opiniones falsas, tanto como de imágenes, figuras, imitaciones o visiones, así como de las técnicas que se ocupan de estas cosas.

No supongas que soy capaz de cometer una especie de parricidio”, afirma el Extranjero durante el intercambio dialéctico con Teeteto, en una crítica dirigida a la figura del sofista y no tanto al pensamiento parmenídeo. Lo que realmente le interesa en este punto es el estatuto de lo que llamamos verdad y mentira. Como bien supo ver Hannah Arendt, la “noble mentira” de La República platónica nunca fue una incitación a mentir, tal y como nosotros entendemos hoy el concepto. “Son el sofista y el ignorante, más que el embustero, quienes ocupan el pensamiento de Platón, y cuando este distingue entre error y mentira – es decir, entre ψεῦδος [pseudos] involuntario y voluntario –, suele ser mucho más duro con las personas que ‘se revuelcan en la cochina ignorancia’ que con los mentirosos”. Uno de los temas centrales de los diálogos platónicos es la verdad y la falsedad del discurso, la relación entre el ser, el pensar y el decir, algo que ya encontramos en Parménides. Pero Platón no refuta directamente a Parménides, que nació un siglo antes que él, sino una tradición de pensamiento que ya sentó unas bases de cómo había que interpretar al maestro.

Así pues, Platón se encara realmente más con una tradición que con la mismísima figura del “padre”. No hay parricidio alguno en El Sofista, solo la posibilidad, que no es poco. El siglo que medió entre Parménides y Platón fue una distancia manejable, en la que todavía se podían tender ciertos puentes. El medio siglo que separa hoy a toda una generación de figuras como García Calvo o Rafael Sánchez Ferlosio (y elijo deliberadamente a dos gigantes intelectuales que han vivido y vivirán siempre en los márgenes) es un abismo insalvable. Nos gustaría reconocerlos como nuestros “padres”, pero nos abruman, nos ensombrecen e intimidan. Ni siquiera nos queda la opción de intentar el parricidio. La ruptura que sufrimos desde hace ya más de medio siglo con una tradición de más de dos milenios y medio ha propiciado un colapso en el diálogo entre generaciones. El esfuerzo de reflejarnos en nuestros mayores es colosal, mientras se nos intenta vedar mirar hacía las generaciones posteriores. Pues ese diálogo, esa traditio, no pasa ni por asomo por lo que quieren hacer creer los gurús del futuro milenial que sientan cátedra definiendo comportamientos según “generaciones”, dictaminando cómo y en qué piensan “los jóvenes” sin tan siquiera preguntarles, sino que debería cristalizar en que nos digamos unos a otros lo que no queremos oír y cuestionemos nuestras pretendidas certezas. La realidad, seguramente nos diría Parménides, es una, pero el lenguaje, que vive de las oposiciones y los contrarios, nos la presenta dividida. Hoy, más que nunca, el diálogo con los que por edad vinieron detrás de uno es tan vital como que se dé a la inversa. Siempre que se haga desde la claridad y sin ambages, y no desde la ignorancia y el papanatismo, podremos intentar salvar algún tipo de tradición.

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2 comentarios en “Matar al padre

  1. Perdone que lleve el agua a mi molino, Dr. Aguilar, pero en el cine de nuestro tiempo veo cosas parecidas: hay cineastas que dialogan provechosamente con la tradición y se cuestionan las cosas, y otros tan convencidos de sus certezas que nos matan de aburrimiento. Saludos ultrapirenaicos, L.

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  2. Muchas gracias por su comentario. Salvando todas las distancias, parece que el cine ha vivido un desarrollo similar pero “en raccourci” al de otras “artes” como la literatura o la pintura. Y hoy, de hecho, nos sirve para reflexionar sobre ciertas cuestiones mucho mejor que la novela o el teatro, por ejemplo. Lástima que mi profundo desconocimiento sobre el arte del cinematógrafo no me permita seguir con el argumento más lejos.

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