Nanette, Aristóteles y el peso de la comedia

La stand up comedy está contra las cuerdas. La humorista australiana Hannah Gadsby, en un monólogo de algo más de una hora, ha relatado cómo sus chistes, sus bromas y su carrera como humorista le han impedido contar (y contarse) su verdadera historia y su sufrimiento, que van más allá de su orientación sexual o de su autismo: “Cuando salí del armario no tenía ningún chiste. Lo único que sabía hacer era ser invisible y odiarme. Tardé diez años en entender que me estaba permitido ocupar un espacio en el mundo. Pero, para entonces, había encapsulado todo en chistes, como si no fuera gran cosa. Necesito contar bien mi historia. […] Y es algo más grande… que la homosexualidad. Tiene que ver con cómo debatimos en público sobre temas delicados”.

Pirandello distinguió en L’umorismo entre el cómico antiguo, pensando en la comedia griega, y el moderno, el que venía del Romanticismo. El primero no sentía ninguna simpatía por sus personajes ni por su público. Reía sin ninguna compasión. En cambio, el “humorista”, cuando ríe, lo hace desde la comprensión. Gadsby muestra su deseo de formar parte de esta segunda clasificación y entiende la stand-up comedy como plataforma para que la gente puede contar su historia desde su propia perspectiva. Se acabó para ella, dice, el self-deprecating humor con el que sólo consigue ridiculizarse y humillarse. Y se pregunta por qué despreciarse antes de haber contado a la gente la pesada carga que arrastra uno mismo desde hace años. Tal y como afirma en su monólogo, no puede dejar el humor. No sabe hacer otra cosa. Pero sí se plantea sus usos. Nanette juega con la manida estructura de la fórmula de la stand up comedy que se basa en crear tensión para luego aliviarla y deja esa tensión enteramente a su público. La comedia puede (o debería) hablar de todo, incluso de contenido trágico, y hacerlo como le parezca, pero siempre quiere que al final el público se haya divertido. Gasdby rompe el contrato, sin buscar efectismo alguno. Y ese contrato que despedaza es doble: con el género de la comedia y con su audiencia.

Tradicionalmente, la comedia, al contrario que la tragedia, se ha librado de protagonizar análisis sesudos. Sobre los restos de la Poética aristotélica se han elaborado todas las poéticas que han venido después. Pero Aristóteles no llegó a dar largas explicaciones sobre la famosa “catarsis”, entendida como “purificación” o “purga” que experimentaba la audiencia ante la obra teatral, en el texto conservado, por lo que seguramente consagró más tiempo al tema precisamente en el libro que se perdió, el dedicado a la comedia. La catarsis, sin duda, aplicaba tanto a la tragedia como a la comedia. El desahogo de las pasiones. El sentirse aliviado. Pero en el caso de Gadsby, la purificación ha sido más suya que de su público. De ahí la ruptura del contrato con él. Y, de acuerdo con la siguiente frase de Nanette, el camino no ha hecho más que empezar, nuevamente: “Siento informaros, pero nadie saldrá de aquí mejor persona. Nos estamos revolcando en nuestra propia mierda”.

La comedia clásica era, para los griegos, tan importante como la tragedia, pues también tenía un claro valor político, esto es, cívico, como espejo de los temas relevantes de la sociedad, como escenario de las luchas de poder y de la influencia de las personas y grupos y como espectáculo que se dirigía no al individuo, sino a toda la colectividad. Una diferencia crucial de este tipo de comedia con la actual es que su contrato marcaba que, al acabar el estado transitorio que suponían las fiestas en honor a Dioniso, un marco religioso en el que se permitía darle la vuelta a todo, nada de lo que allí se había oído era sancionable. Pero en cuanto desaparece el contexto ritual, la comedia muta, la moral se hace explícita en el texto y entonces hay que explicar al público qué lección debe extraer. Precisamente de eso de sigue nutriendo la llamada sitcom, el otro género cómico por excelencia hoy en día junto al stand up. Llama la atención que uno de los pocos textos antiguos sobre teoría de la comedia que se conservan, el Tratado Coisliniano, asegura que lo cómico procedía de varios recursos que se agrupaban en los relativos a la trama o las “cosas que pasan” (apò tón pragmátōn) y en los que proceden de las palabras, de lo que se dice (apò tês léxeōs). Sitcom y stand up. La primera ya lleva años desfigurándose y alcanzando lo que parece su máximo esplendor y ocaso a la vez. No es de extrañar que la comedia verbal, tan popular también en los últimos tiempos, esté pasando por el mismo proceso.

Gadbsy reclama un lenguaje directo y libre y un humor que invente la forma cada vez que necesite contar algo, sin moldes previos. Por ese motivo, ante la acusación de algunos de haber usado pocos chistes, de no estar haciendo comedia, ella respondió en Twitter: “Mi espectáculo NO es stand up comedy porque eso es una forma de arte diseñada por hombres para hombres”, denunciando el control del discurso, que ella misma ha venido utilizando, y sentenciando que esa forma de humor “autodespreciativa”, válida quizá para los hombres y sus temas, no le sirve a ella como mujer y lesbiana. No está diciendo que haya un tipo de comedia para hombres y otro para mujeres. Está afirmando que, para contar su historia, el marco heredado no le es válido. Si Carlo Padial dice en una de sus actuaciones que su padre le visitaba por las noches y le tocaba, el público asume, sin cuestionarse, que está haciendo un chiste, que no es “verdad” lo que cuenta. Gadsby, cuando habla de las violaciones que ha sufrido, reclama que la tomen en serio y propina un justificado puñetazo en la cara del “hombre blanco heterosexual” que ha marcado y sigue marcando las reglas del juego y que controla cómo se cuentan los discursos que circulan en la sociedad, lo que equivale a garantizar su “buena” reputación por encima de todo. Gadsby incide con contundencia en su profundo cansancio al respecto. Y la palabra que más repite cuando aflora este sentimiento es “humanity”, título precisamente del otro gran monólogo de este año, de naturaleza diferente al de la australiana, con el que Ricky Gervais ha hablado sobre la reputación, los límites del humor y de la comedia cómo género, y de su hartazgo ante cómo se articulan las opiniones sobre las cuestiones que plantea en sus creaciones, un tema no tan alejado de lo expuesto en Nanette.

Werner Herzog afirmó estar cansado de que la gente pensara que los “documentales sólo tienen que contener hechos”. Proponía una nueva “forma de expresión” que le permitiera ir “más allá de la realidad” para acercarse a la verdad, un modo en el cual está permitido inventarse citas y personajes siempre que ese mecanismo permita una mejor comprensión del mundo. Toda narración dominante parece enfrentarse hoy a una fase de redefinición. Los discursos políticos, periodísticos o cinematográficos se baten en lábiles posiciones sobre la verdad, la mentira, la ficción o lo fáctico. Posverdad, noticias falsas, falso documental. Las palabras fallan a la hora de intentar ordenar o recomponer algo que parece estropeado, sin saber bien el qué. A esa lista, hay que añadir ahora la “comedia verbal”.

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